Cuando se fundaba un monasterio se le ponía bajo el patrocinio de un santo/a buscando por un lado la identificación del mismo y por otro el auxilio y protección de sus patrocinadores, y, para que el monasterio no fuese confundido por otros protegidos por el mismo santo/a, se le añadía, a modo de un primer apellido, un topónimo, nombre correspondiente al lugar geográfico o localidad donde se asentaba el monasterio; así tenemos monasterios como San Zoilo de Carrión, San Román de Entrepeñas, San Facundo de Sahagún, Santa María de las Huertas, Santo Domingo de Silos, San Pedro de Cárdena, etc.

Tal fue el caso de un pequeño monasterio levantado en pleno corazón de la Liébana en la segunda mitad del siglo VIII, después de que el rey asturiano Alfonso I se hubiese llevado a este lugar a todos los habitantes asentados en las tierras somontanas y el páramo palentino tras las incursiones llevadas a cabo por este rey contra la invasión musulmana en esta zona.

Sus fundadores dieron al monasterio la advocación de San Martín y, para su identificación, le añadieron el nombre de una pequeña villa junto a la cual lo habían erigido; de aquí el nombre de San Martín de Turieno, nombre que llevará hasta que a comienzos del siglo XII ( 1125 ) lo cambiara por el de Santo Toribio de Liébana y que es el que mantiene en la actualidad.

Poco tiempo después de su fundación el pequeño monasterio se convierte en el centro cultural más importante del todo el reino astur y el eco de su nombre traspasa los límites del valle lebaniego y llega hasta la corte de Carlomagno gracias a la intervención en la disputa adopcionista de dos de sus monjes: Beato, autor de los famosos Comentarios al Apocalipsis y Eterio, compañero de Beato y Obispo de Osma.

En el tema sobre la naturaleza de Cristo, no tuvieron ningún reparo en oponerse enérgicamente a Elipando , metropolitano de Toledo, quien junto a Félix, obispo de Urgel, mantenían una opinión completamente distinta llegando a sufrir las ofensas del engreído Elipando quien dice: “ Jamás se oyó que unos montañeses indoctos diesen lecciones a la culta Toledo “.

Pero lo que actualmente mantiene el prestigio de este cenobio es, además del recuerdo del autor de los Comentarios al Apocalipsis, la reliquia de la cruz de Cristo “ Lignum Crucis “ que se guarda en la capilla del mismo nombre mandada hacer por el arzobispo de Santa Fé de Bogotá Sr. D. Francisco de Otero y Cosío.

Creen algunos que esta reliquia fue llevada a San Martín de Turieno a mediados del siglo VIII cuando Alfonso I, rey de Asturias, se llevó a su reino a los habitantes de la zona septentrional de la meseta norte después de las incursiones que hizo por estos parajes contra los moros en aquella época.

No parece, sin embargo, ser esta la versión , más acertada, y sí se ajusta más a la realidad histórica aquella que opina que el “ Lignum Crucis “ llegó al monasterio a finales del siglo IX o principios del X juntamente con los restos del Santo Obispo de Astorga y las demás reliquias traídas de Jerusalén.

No obstante el primer documento que nos da constancia de la estancia de la reliquia de Cristo en el monasterio data del año 1316 en un inventario hecho por el prior Toribio donde reseña: “ Una cruz de plata con el Lignum Domini “

Es posible que Santo Toribio y el “ Lignum Crucis “ empezasen a recibir culto y veneración de los fieles en época temprana, pero no fue hasta 1125 cuando aparece claramente la advocación a Santo Toribio en alternancia con la de San Martín terminando por imponerse la primera a finales del siglo XII; y referente a la adoración del “ Lignum Crucis “ no es hasta principios del siglo XVI cuando la iglesia se hace eco de la misma y concede en el año 1512 el privilegio de Año Jubilar, siempre que la festividad del santo caiga en domingo, para aquellos que visiten el monasterio, mediante una bula dictada por el papa Julio II y corroborada en los años siguientes por el para León X.

A partir de entonces, siempre que se den estas circunstancias, la Liébana se convierte en un lugar de peregrinación al igual que Santiago, Roma o Jerusalén.

Tres Toribios están relacionados con el monasterio cántabro: el primero del siglo V, obispo de Astorga, quien trajo de Jerusalén la reliquia de la Cruz de Cristo y a quien la leyenda, sin gran fundamento, relaciona con la fundación del monasterio y cuyos restos, junto con el “ Lignum Crucis “, fueron trasladados, para su seguridad, al cenobio de San Martín de Turieno; el segundo monje palentino y posiblemente también obispo de Astorga, quien hastiado del mundo, se retiró a estos parajes a quien la tradición relaciona, también, con la fundación del monasterio; su vida transcurre un siglo después de la del santo obispo de Astorga y el tercero, ya en el siglo XIV, cuando ya el monasterio de Santo Toribio dependía de la orden benedictina, un prior llamado Toribio y procedente de Palencia, más concretamente de La Serna según Argaiz , recupera el prestigio y poder que el monasterio había perdiendo a través de los siglos.

La proximidad geográfica y razones históricas avalan la siempre buena relación habida entre la parte septentrional de la meseta norte, en especial la zona saldañesa, y el fértil valle de la Liébana rico en fauna y flora con abundantes robledales y hayedos.

Ya, en los comienzos de la Reconquista, Alfonso I, rey de Asturias, hijo del Duque de Cantabria, Pedro, casado con una hija de D. Pelayo, se llevó al otro lado de las montañas cántabras a una gran parte de la población de la vega Saldañesa y de la Valdavia ante el peligro que para ellos suponía los ataques de los musulmanes.

Mozárabes venidos de Al-Andalus huyendo de la represión musulmana y lebaniegos procedentes del otro lado de las montañas cántabras buscando una mayor prosperidad económica fueron los primeros repobladores de esta zona de Saldaña deshabitada o semideshabitada desde que Alfonso I, rey de Asturias, llevase a cabo sus incursiones por estas tierras aniquilando a los árabes y llevándose consigo a los cristianos, según la Crónica de Alfonso III.

De la Liébana procedía el primer conde conocido de Saldaña; Diego Muñoz, cuyos padres, Muño y Galatrudia una de las familias más importantes de esa comarca, dominaban gran parte de los valles montañeses del norte incluida la Liébana.

En Santo Toribio se halla uno de los pocos documentos conservados que nos dan constancia de la existencia de nuestro monasterio de Valcavado; se trata de una entrega de bienes que en 1036 hace el presbítero Justo al monasterio de San Martín de Turieno ( luego Santo Toribio de Liébana ) y que suscriben entre otros Gonzalo, abad de Valcavado.

“ Domno Gonsalbo, abbas de Ualcabato, et domno Quintali hic testes sumus et de manus nostras roboramus in concilio ante bonos et meliores qui ibi presentes fuerunt “. L Sánchez Belda “ Cartulario de Santo Toribio”.

“ Don Gonzalo, abad de Valcavado y don Quintali somos testigos y con nuestras manos lo roboramos en el concejo ante los hombres buenos y mejores que aquí estuvieron presentes “.

Otros hechos, aunque falsos, relacionan al monasterio de Santo Toribio con el de Valcavado: a raíz de la firma del abad Gonzalo en el documento del presbítero Justo se creyó que el monasterio de Valcavado dependía del de Santo Toribio; por otro lado una confusión entre los nombres de Beato, autor de los Comentarios al Apocalipsis, y Oveco, autor de una copia del anterior ( Beato de Valcavado ) y por su corrupción fonética conocido también como Bieco se creyó que Beato había sido abad del monasterio de Valcavado y que en su iglesia estaba sepultado. Así se puede leer en DHEE.P.1691 y otros diccionarios enciclopédicos.

Documento enviado por: FELIX CALLEJA LERONES

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