Martín de Tours es uno de los santos más populares de Francia e incluso de Europa. Centenares de pueblos e iglesias ( también en España) evocan su nombre. Son innumerables las vidrieras, imágenes y esculturas que representan la escena en la que un Martín, oficial del ejército, con 18 años y, siendo todavía catecúmeno, comparte su capa con un pobre desnudo, el único vestido que llevaba, puesto que el resto de sus vestidos ya los había repartido con otros pobres. Y, sin embargo, fuera de esta imagen legendaria, pocos son los que tienen ideas precisas de la vida de este hombre, cuya influencia ha sido grande en la Iglesia desde la antigüedad hasta hoy.

Martín nació en el reinado del emperador Constantino hacia el 317, en Panonia. Sus padres que gozaban de buena posición social, eran paganos. Si hacemos caso de Sulpicio Severo, Martín habría servido en el ejército de los 15 a los 20 años, siguiendo los pasos de su padre, que era oficial del ejército. Posiblemente fueron muchos más los años en que estuvo en el ejército, hasta el año 356.

Le presenta como un ejemplo de vida santa ya durante su servicio militar. En este contexto cuenta la escena del desprendimiento de la mitad de su capa para vestir a un pobre.

Una vez dejada la milicia, durante la cual fue bautizado, fundó un monasterio en Ligugé, cerca de Poitiers, donde practicó la vida monástica bajo la dirección de San Hilario.

Fue elegido obispo de Tours en julio de 371, por elección popular y con la oposición de algunos de los obispos llamados para consagrarle. No dejó por eso su modo monástico de vivir. Tras un episcopado de 26 años, murió en noviembre de 397, a la edad de 81 años. Siendo ya obispo, fundó otros monasterios, algunos de cuyos monjes terminaron siendo obispos.

Trabajó en la formación del clero y en la evangelización del mundo rural, combatiendo con habilidad y prudencia las supersticiones populares, sobre todo las paganas, logrando numerosas conversiones. En un pueblo idolátrico, tras la presencia apostólica de Martín “casi todos creyeron en el Señor Jesús, dando público testimonio, con grandes gritos, de que debía de adorarse al Dios de Martín y dejar a los ídolos incapaces de socorrerse a sí mismos”.

Además de la famosa escena de Martín compartiendo su capa con un pobre, hay otra menos conocida, pero no menos significativa: siendo ya obispo, y yendo hacia la iglesia, se encontró en pleno invierno con un pobre semidesnudo que le pedía un vestido. Martín ordenó al archidiácono que le vistiera inmediatamente, mientras él entraba en la sacristía. Como el archidiácono tardaba, el pobre, llorando y aterido de frío, entró en la sacristía y se quejó al obispo. Martín, entonces, le entregó la túnica que llevaba bajo el alba con la que iba a celebrar la misa. Cuando el archidiácono avisó al obispo de que era la hora de la celebración, éste le dijo que no entraba en la iglesia hasta que el pobre no estuviese vestido. Efectivamente, aunque el archidiácono lo ignorase, Martín se había convertido en ese pobre, que no llevaba ninguna ropa debajo de la vestidura litúrgica. Muy disgustado el archidiácono fue a comprar un vestido vulgar, que se lo entregó al obispo, diciendo: “ He aquí el vestido, pero el pobre ya no está “. Martín le hizo salir, se vistió y salió a celebrar la Eucaristía “.

En otro orden de cosas, es también significativo de su talante caritativo el caso de Licontio, un hombre rico con muchos esclavos, que habiendo sido ayudado por las oraciones de Martín para que una epidemia se alejase de su casa, entregó una fuerte suma de dinero al monasterio, “ el santo lo dedicó inmediatamente para el rescate de cautivos. Algunos hermanos le sugerían que reservase una parte para los gastos del monasterio, en el que apenas había comida y a muchos les faltaba el vestido, pero Martín dijo: La Iglesia debe alimentarnos y vestirnos. Nosotros no debemos de acumular para nuestras necesidades “.

El amor a Dios, la oración constante y la profunda fe eran las fuentes de la bondad de Martín hacia los débiles y los desheredados, y de toda su actividad.

Su muerte, como lo fue su vida, fue ejemplar y digna de todo elogio. Ocurrió en Candes, a cuya parroquia había acudido para restablecer la paz entre los clérigos. Cuando se disponía a regresar al monasterio, le abandonaron las fuerzas. Dándose cuenta de que se moría, los hermanos se entristecieron. A pesar de la fiebre, pasaba el día y la noche en oración. No quiso ninguna comodidad para su cuerpo, para dar ejemplo a los suyos de cómo debe morir un cristiano. “ Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no permitía que su alma invencible cejase en la oración “.

Muchas más cosas cabría decir de este gran confesor, del primer confesor de la Iglesia. Martín de Tours es un santo para nuestros días. Sin estar nunca apegado a la tierra, su vida fue una permanente búsqueda de la otra ciudad, la de Dios.

En su vida se unen dos aspiraciones complementarias de toda espiritualidad cristiana: la oración o contemplación, que sabe hacer callar al mundo, y buscar el silencio interior; y la actividad apostólica del soldado de Cristo que, como laico, monje u obispo, se compromete con sus hermanos los hombres y toma parte en todos los combates en donde está en juego el bien del prójimo.

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